“Vivir con libertad es una decisión inteligente”, según la artista cubana Lia Villares

Por Verónica Vega

Lia Villares

HAVANA TIMES – Lía Villares es una artista cubana que en el mundillo artístico de la Isla muchos solo denotan por su proyección política. Es escritora, realizadora de audiovisuales, fue bajista del grupo punk Porno para Ricardo.

El apartamento que comparte en el Vedado con su esposo Luis Trápaga, artista plástico, ha sido la sede de la galería El Círculo, espacio que ha fungido como plataforma para visibilizar la obra de artistas excluidos o simplemente ignorados en el sistema cultural oficial de la Isla. También ha sido objeto de censura obstinada hasta el acoso de los involucrados en cada evento, en la dispersión forzada del público y, por último, objeto de un registro domiciliario que significó la incautación de equipos y, para Lía, la pérdida de años de trabajo.

Su blog, hechizamiento habanémico, más conocido por habanemia, es una mezcla entre un fanpage de Porno Para Ricardo y un homenaje a los filósofos franceses: un gran collage de todo lo que le interesa, la ciudad anémica (anímica y nutricionalmente) de jóvenes noctámbulos, sin sueños, y del mundo artístico alternativo de La Habana, emergente desde los ´80.

HT: ¿Cómo fue tu educación?

Lia Villares: Yo fui una pionerita aplicada, pero que también me burlaba (con el colectivo) de lo solemne en el matutino y repetía los chistes gusanos desde primaria, que me costaron el famoso castigo de copiar Meñique hasta el cansancio -hasta tener el cayo que aún conservo en el dedo del medio.

Estudié en una escuela de música, enseñanza especializada, quise entrar por piano, pero se me hizo tarde y opté por la flauta, pero en las pruebas de aptitud mis pulmones me traicionaron. Entonces entré al aulita de guitarra, al final de la casa de brujas que es el conservatorio Manuel Saumell. Allí me aceptaron, siempre con peros: me comía las uñas, nadie tenía esperanzas de que me crecieran y las cuerdas tuvieron que esperar dos años para sonar decentemente.

Luego seguí la corriente musical que me llevó a entrar en el Conservatorio Amadeo Roldán para el nivel medio, todavía cargando la guitarra, en el camello M-6 que subía por Belascoaín, hasta la casa de mi profesor en Mantilla. Por esa misma calle bajábamos luego hacia el Malecón y nos fugábamos cuando tocaba marcha por Elián en el Protestódromo frente a la Oficina de Intereses.

HT: ¿Te sentías limitada para expresarte artísticamente?

Galería El Círculo

LV: Fui rockera desde la secundaria, en el parque de 23 y C, entre los patinadores y el maní, entre Led Zeppelin, Jim Morrison, Pink Floyd y Metállica pasados de mano en mano en casetes que había que pegar con scotch y esmalte de uñas cuando se enredaban en las grabadoras.

Hice las pruebas de ingreso para el ISA por composición. Entré en el curso por trabajadores. Pero me fui desencantando con la abulia profesional académica, que destilaba frustración, la cual era transmitida a los alumnos y estos, a su vez, producían, en el caso de la cátedra de composición, (que por concepto debe ser totalmente libre y abierta al delirio creativo), solo lo que los profesores dictaban. Era componer por encargo, para el deleite y complacencia de los mediocres. Aunque todavía sueño con hacer música para cine, no me arrepiento de haber dejado el ISA en ese punto.

HT: ¿Hubo algún evento o experiencia que significó un giro en tu conciencia sociopolítica?

LV: A mis 18 años llegó a mis manos un plegable del Proyecto Varela, que firmé, sin saber bien el riesgo. En el 2002, JAAD incursionaba como periodista independiente de Cubanet y nos tenía ocupados los estantes de Luyanó con las revistas Encuentro de la Cultura Cubana y siempre estuvo en mi cabecera el librito de bolsillo (impreso en la Sina) de la Declaración universal de los derechos humanos. Los debates intelectuales sobre literatura, arte y política durante las comidas eran lo usual en casa. Siempre fuimos anfitrionas -Azucena Plasencia, mi mamá y Lizabel Mónica, mi hermana- de atribulados escritores como Orlando Luis Pardo Lazo, y de precoces adolescentes como Elena V. Molina.

Más tarde tuve mi primera cámara bobita fotográfica digital y me entretuve tejiendo animaciones en stopmotion, que llegué a presentar en la Muestra de Nuevos Realizadores en el 2009, cuando chocamos por primera vez con la exclusión, pues nos demostraron que los contrarrevolucionarios no teníamos derecho de admisión en cines ni teatros.

En 2009 íbamos muy contentos a las bloguerías de esa Isla virtual, al piso 14 de Factor entre Conill y Santa Ana: unas exquisitas clases-talleres de casi todo: derechos cívicos, derechos humanos, fotorreportaje, leyes, cómo hacer un blog… Allí conocí a magníficas personas cuya amistad, afortunadamente, conservo hasta hoy. Desde 2004 había descubierto MySpace y subía fotos exhibicionistas y textos de manera caótica que terminó siendo, en abril del 2008, mi blog.

HT: ¿Cuándo tuviste por primera vez un encuentro con un oficial de la Seguridad? ¿Cómo fue?

LV: Mis primeros encuentros con la Seguridad del Estado fueron por mi proximidad con Claudia y Ciro y por los encuentros en casa de Yoani y Macho. Mi primer acto de repudio fue el que le hicieron a Reinaldo Escobar en G y 23, donde una conga, inventada solo por y para él, lo arrolló por toda la Avenida de los Presidentes abajo, junto a los amigos que lo acompañaban.

Yo me quedé atrás, en shock y por suerte Claudia apareció de la nada, me cogió de la mano y me montó en un carro. Cuando soltaron a Macho, apareció con la camisa rota, muy campante, haciendo chistes, como de costumbre. Entonces no pude entender su capacidad de control emocional. Ahora, yo misma la practico. Todos esos enfrentamientos nos entrenan en la triste representación de roles, y la frialdad es un comportamiento que uno debe aprender en orden de preservar la tranquilidad mental.

Elenita y mi hermana habían colaborado con Estado de Sats. Cuando emigraron, me acerqué a suplir su ausencia. A partir de ese momento todo fue vertiginoso. Hace unos meses sitiaron la casa de Antonio Rodiles, al lado del Acuario Nacional, y durante tres días estuvimos acuartelados con un acto de repudio permanente: bocinas con reguetón y escuelas de primaria, secundaria y pre frente a la puerta, y todo por intentar hacer un evento de derechos humanos. Boris Larramendi nos regaló un concierto, a los cuatro gatos que resistíamos aquella locura y nuestra vida cambió otro poquito a partir de ahí. Su canción Aguacero de Libertad es la crónica, encilindrada, de esa experiencia junto al documental Gusano, de Ailer González y Claudio Fuentes.

HT: Pero esa libertad, arbitrariamente, implica a su vez nuevas restricciones, ¿no? eventos que se truncan, proyectos, no poder viajar al extranjero…

LV: En el 2013 las autoridades decidieron levantar el humillante permiso de salida y pude salir de la Matrix hacia Varsovia, con 29 años. Ahora, esas mismas autoridades demostraron, hace dos o tres años, que sigue siendo discrecional su función de escoger a capricho quién entra y quién sale de la Isla-cárcel, a pesar de esas supuestas modificaciones que le hicieron a la ley migratoria.

Foto superpuesta de Lia, a la derecha y su mama, Azucena Plascencia, a la izquierda

Entonces, salen y entran los que deciden ellos y circulamos también, por el propio terruño, siempre y cuando lo permitan. No sirve de nada tener los papeles en regla y no estar involucrado en ningún proceso judicial. No podemos salir, no del país, ni de la casa, si hay un acto político cerca, o es día de celebración nacional. Representamos un peligro, una situación de “riesgo a la seguridad nacional”. Ser un disidente en Cuba equivale a ser un “asunto de interés público”, lo que sea que eso signifique: peligrosidad predelictiva, prisión domiciliaria, mordaza y aniquilación social.

Hace rato me pregunto por qué no es un escándalo internacional. Hasta cuándo la indiferencia de esa comunidad a la que siempre apelamos, pero rara vez reacciona. Cuántos cientos de miles de casos de violaciones hacen falta para que nombremos -los propios cubanos aquí mismo o atomizados por el mundo- a las cosas por su nombre y con su apellido.

HT: La insolidaridad que padecen los disidentes en Cuba, ¿crees que es solo consecuencia del miedo?

LV: Vivir con libertad es una decisión inteligente, no tiene nada que ver con la conveniencia. La libertad se lleva dentro. Exteriorizarla como una bajista punk o como una joven irreverente libertaria o como una actriz de teatro político o como una cineasta disidente, no es tan importante.

Lo esencial de la libertad es escoger con tino cómo trazamos nuestra vida: en la verdad o en la mentira. Y, claramente, es una cuestión muy simple: quien se complique en elucubraciones mentales para tratar de justificar su propia cobardía, antes de asumir una actitud más digna, se miente a sí mismo.

HT: ¿Cómo ha cambiado tu vida por ser artivista?

LV: El artivismo, como todo activismo, intenta concientizar a los descreídos, a los pesimistas. Intenta demostrar que puede haber un gremio, que la solidaridad puede ejercerse, y que la autocensura es el camino más fácil para el oportunista. Nosotros no somos otra cosa que oportunos, pues los autócratas, funcionarios represores, policías de la cultura dirán siempre que nunca es el momento ni el lugar adecuado y que los temas son demasiado sensibles, delicados, y mejor no tocarlos.

Para ser activista de una causa justa no hay que tener vocación de santo, de mártir, de redentor, de romántico idealista que no se cansará ante los obstáculos. Solo hay que ser honestos, la realidad siempre ha superado a la ficción. En el caso del arte, es una herramienta imprescindible para despertar conciencias zombies. Entiendo que no todo el mundo esté dispuesto a pagar un alto precio como la cárcel, aunque reniegue de sus principios y no exija libertades.

Pero para un defensor de derechos, el presidio político es solo un paso más hacia el entendimiento de la naturaleza humana, ante los mecanismos de control del poder. Es conocimiento y experiencia lo que recogen los prisioneros de conciencia que transitan por el infierno carcelario. A ellos no les importa mucho la admiración del que no se atrevió, del que calló, del que no duerme con la conciencia limpia, del cómplice y del traidor. A ellos les importa más perfeccionar su sacrificio, aunque la causa ya no los represente. Nadie mostrará un agradecimiento genuino, a los muertos nadie los puede convencer de que fue en vano su consagración.

HT: ¿Valoras el resistir hasta el fin o consideras que puedes terminar emigrando?

LV: Yo, personalmente, valoro tanto a los que eligieron exiliarse para salvar el pellejo y desde el exilio, con el mismo entusiasmo, luchan todavía por la liberación, como a los que deciden dar batalla aquí adentro. No critico ni juzgo a nadie por querer salir para crear un plan de vida sin la intervención constante y opresora de un tirano que odia a sus esclavos, para darle un futuro decente a sus hijos, pues este país no tiene nada que ofrecer y mucho que arrebatar. Los que deciden abrirse paso, conociendo la imposibilidad desde el primer intento, somos soñadores del cambio, idealistas, románticos, adictos al sacrificio y a la ingratitud. Muchos en el exilio han dicho y hecho más que los que resisten tras las rejas. La tan manoseada resistencia es más un estado mental que otra cosa, como la libertad.

HT: Hay tanta fragmentación en la sociedad cubana, tanta confusión y desorientación inducidas, ¿crees que sea posible ir logrando una integración? ¿No está pasando ahora mismo de cierto modo con el movimiento alternativo, (arte y periodismo independientes, oposición…)?

LV: No creo en la “confusión”, “desinformación”, ni en la “ignorancia”, ni en la “ingenuidad”, creo en la solidaridad de los pocos que resistimos, tanto dentro como fuera. En realidad, ya no veo un adentro y un afuera: Cuba está fragmentada en el interior de los cubanos que la queremos ver libre, no importa a dónde nos movamos, si un milímetro más al interior de la celda o un milímetro más al exterior de esta.

Aunque quisiera apostar por la romántica visión utópica descrita recientemente por el escritor Ernesto Santana, donde Cuba y Miami son una única ciudad y sus habitantes están hermanados en la reconciliación, cuando represores y cómplices hayan sido juzgados ante un tribunal.

Los cubanos hemos hecho un culto generacional al sometimiento, a la obediencia, que ya viene en nuestra información genética, además de la locura, la envidia, la desesperación, la mediocridad y la desesperanza. No creo en el desconocimiento asumido, menos ahora en la era tecnológica. Nadie es inocente: aquí todos hemos sido testigos de nuestro tiempo y escogimos actuar o ser cómplices.

HT: Cuando ocurrió el registro domiciliario y la confiscación de equipos, ¿recibieron muestras de solidaridad?  ¿Cómo ha sido recuperarse de una experiencia como esa?

LV: Uno no se recupera, emocionalmente de una experiencia como esa, que es una violación. Y no le recomiendo a nadie ser protagonista de su tiempo de esa manera.

Ahora estoy empezando a rescatar fragmentos del material confiscado que se han podido salvar del registro que nos hizo Kenia María Morales Larrea, la teniente coronel asignada por la Contrainteligencia militar a los artistas.

En la parte legal, intentamos llevarla ante un tribunal, aunque sepamos que saldrá ilesa y no tendremos indemnización alguna. Pero queremos agotar los recursos internos, es decir, llevar la denuncia a las fiscalías a todos los niveles, la municipal, la provincial y General de la República, a Atención a la ciudadanía del Minint en el Consejo de Estado y a la PNR nacional… y recibir los correspondientes acuses de recibo. Solo para después avalar nuestra batalla con esos documentos y elevar esa denuncia al nivel internacional, para que el impacto o la repercusión sea más mediática que justa, y para, si tenemos suerte, crear un precedente, al menos simbólico.

Por suerte tengo amigos solidarios que me prestarán cámaras y micrófonos para continuar el trabajo, para empezar de cero: a eso me refiero cuando hablo de gremio. Milagrosamente, la Seguridad del Estado decidió dejarme un trípode, y, milagrosamente, también, logré recuperar el primer corte del primer capítulo de mi serie documental Arte Libre vs censura totalitaria, en una memoria que mandé por correo postal, con ayuda de mi hermana, a la facultad de la New York Film Academy de Los Ángeles, y rebotó.

HT: ¿Cómo ves el futuro de Cuba, a corto y a largo plazo? 

LV: Nuestra condición de reos tropicales no creo que cambie, al menos mentalmente y no por el momento. A punta de cañón sicológico hemos tratado de tejer nuestras vidas, sin aspiraciones, pero repletas de traumas. Y en ese reciclaje cíclico distópico, todas las generaciones fuimos despojadas de los derechos más elementales y de los sueños más íntimos. Limpiarnos de traumas y liberarnos, a nivel de conciencia, en el futuro, es un proceso largo que puede durar perfectamente otros sesenta años, suponiendo que los tiranos mueren y que su descendencia no esté dispuesta a sostener la ilusión socialista por más tiempo, que es precisamente lo que ratificarán quienes manejan los hilos ahora: la irrevocabilidad de la muerte y la miseria para una isla estéril y pachanguera, cuyos habitantes permanecen ralentizados en el miedo, la indiferencia y la desidia.

HT: ¿Planes inmediatos?

LV: La idea es armar de nuevo todo desde cero, volver a hacer todas las entrevistas a los artistas censurados y la diferencia, además de que ya todos los recursos serán prestados, ahora tengo más fuerza creativa y más ganas que antes.

El primer capítulo que estoy terminando de editar es Mínimo Gorki, así que atentos, que ya sale.

Además, vamos –casa-galería El Círculo en colaboración con INSTAR y CubaDecide- a lanzar una nueva convocatoria del concurso de fotografía País de Píxeles, de la agencia CubaRaw, ambos proyectos creados por Claudio Fuentes y Orlando Luis Pardo Lazo en 2009.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.