Racismo y violencia, relación perversa, afirma médico cubano

Por Pilar Montes

Conversando. Foto: Juan Suárez

HAVANA TIMES – Una canción del dúo cubano Buena Fe dice: “Y aquella mujer con hematomas dirá resbalé en el viento, me caí en el mar, vuelve a la cocina y se pondrá a ordenar lágrimas tras cebollas”.

Sí hay cifras actualizadas en Cuba de la violencia física y también psicológica, no solo contra mujeres y niñas, también contra niños y hombres, aunque en menor escala.

Una encuesta sobre igualdad de género, que desde hace una treintena de años no se realizaba en la Isla, fue aplicada en 2016 por el Centro de Estudios de la Mujer (CEM) de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) y la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI), con el apoyo del Fondo de Población, ONU Mujeres, PNUD y otras agencias de Naciones Unidas.

“Por primera vez se obtuvieron datos acerca de la violencia contra la mujer mediante un estudio nacional y nunca con este alcance”, aseguró a medios de prensa la doctora Mayda Álvarez, directora del Centro de Estudios de la Mujer (CEM).

Conclusiones parciales de la encuesta que incluyó una muestra de 19 mil 189 mujeres y hombres de 15 a 74 años, repartidos en disímiles territorios del país.

Un 77,6 por ciento de los hombres encuestados y un 80,1% de las mujeres consideraron que la violencia hacia  las mujeres se justificaba –entre otras supuestas razones- cuando ella había sido infiel o  porque no cumplía con las tareas del hogar, lo que muestra una mayoría que acepta los maltratos si esos se deben a las razones mencionadas.

Que más de la tercera parte de las mujeres estudiadas hagan semejante declaración indica que resta bastante camino por andar, pero que, al menos entre sus víctimas va emergiendo cada vez más conciencia del problema.

De todas formas, aunque el 81.4 por ciento de toda la población encuestada reconoce que sí existe violencia hacia mujeres y niñas, resulta bien dispar e interesante el modo en que cuantifican esa violencia las entrevistadas: más de la mitad, el 51.8 por ciento la consideran poca; el 29.7 cree que es mucha; mientras un 9.6 dijo que no hay violencia y un 7.9 por ciento dice no saber sobre el tema.

El doctor retirado Rolando J. Naranjo-Álvarez, estudioso del racismo y la violencia, dijo a Havana Times, que es preciso conocer algunos elementos de biogenética actual, ya que refiriéndose a la relación de racismo y violencia plantea que “se ha corroborado científicamente que dentro del genoma humano hay 23 000 genes, solo tres o cuatro de esos intervienen en el color de la piel”.

“No hay razas: no hay más que modificaciones diversas del hombre…que no les cambian lo idéntico y esencial…”, dijo José Martí, palabras que según Naranjo, la ciencia confirmó un siglo después de ser escritas por el Apóstol.

“En la población cubana, agrega, “los individuos tienen 69% de ADN europeo, 19% africano y 12% de nativos americanos o asiáticos y a la vez”.

El médico destaca que, “un solo nucleótido del colosal polímero del ácido nucleico que conforma los genes puede mostrar hasta 38 millones de mutaciones, lo que explica, en parte, la inmensa diversidad observada en los fenotipos de las personas”, refiriéndose a la población mundial.

Tanto el aspecto de los prejuicios raciales como la violencia existen en cualquier entorno habitual, al formar mayor o menor parte del tejido étnico, en el cual se desenvuelven puntos de vista no siempre coincidentes.

“Un ejemplo, tal vez manido, señala el experto, lo aporta el vapuleado signo color de la piel, el cual adquiere protagonismo desde un momento en la historia y perdura”.

La raza no determina la conducta

El elemento racista brota del proceso de evolución social de la humanidad, en opinión de Naranjo, y alcanza la posición de fenómeno ideológico al convertirse la raza en supuesta categoría de la cultura del comportamiento.

“El racismo ha desencadenado el surgimiento y perpetuación de niveles jerárquicos, con la consiguiente interiorización y el absoluto irrespeto del «otro»”, dice el galeno cubano.

¡En las cárceles hay más reclusos negros que blancos! se escucha a menudo, pero las cifras estadísticas pierden valor si se analiza a China, al extrapolarse esa afirmación a una realidad de diferente contexto social donde son casi inexistentes los reclusos negros, indica Naranjo.

“Los gestores del racismo durante la colonización, recuerda Naranjo, fueron la conciencia de la identidad cultural y la aplicación de relaciones de dominio desde el concepto de razas que, afortunadamente, pierde el sentido subjetivo y prejuicioso al ser uno solo el género humano”.

¿Violencia inherente o adquirida?

“El racismo coincide con las conductas violentas, den las que subyace un importante problema de formación no integral del sujeto en las distintas etapas de desarrollo personal”, explica el galeno.

“La violencia se percibe más por sus consecuencias que por sus causas, es una imposición interhumana con un grado significativo de dolor y sufrimiento evitable que ocasiona muerte o lesiones e incrementa los costos sociales”, afirma el especialista.

Entre sus consecuencias negativas están el deterioro de la calidad de vida y la repercusión en el terreno productivo y económico.

“Durante milenios, añade, la violencia ha continuado extendiéndose, explicando su categorización como un problema grave personal, de familias, grupos y comunidades en general”.

La ciencia contemporánea no califica al ser humano como agresivo natural, recuerda Naranjo. Sin embargo, la herencia de violencia acompaña la evolución del Homo sapiens como tradición histórica y cultural.

Está en el impulso humano utilizar el poder contra los demás y para beneficio propio. Ejemplos de ello son el deterioro ecológico y medioambiental, las migraciones, el desempleo, el analfabetismo y, en general, la pobreza.

Se añade –señala Naranjo- todo el entramado alrededor de las relaciones de género, la promiscuidad, algunas prácticas religiosas, la industria armamentista, las insuficiencias sanitarias y el uso inapropiado de los medios de comunicación masiva.

En el ámbito familiar destacan el hacinamiento, hogares disfuncionales, concepciones patriarcales y rechazo hacia los menores de edad o hacia los ancianos, así como la intolerancia racial, que es aprendida. 

¿Cómo medir la violencia?

Sobre eso, el doctor Naranjo opina que no se puede medir la violencia con “indicadores muy sesgados como: tasas de homicidios o asesinatos, ocurrencia de violaciones sexuales”, porque las estadísticas se basan en los maltratos denunciados (o cifras blancas), cuando las cifras mayores están en los hechos no denunciados (llamadas cifras negras)”. 

Por otra parte, el galeno agrega que es preciso contar “los mutilados, como consecuencia de enfrentamientos armados o como secuelas de desastres naturales”, tan frecuentes hoy.

“El racismo, como expresión de prejuicios y en la práctica —tanto en doctrina como en conducta— es un modo de violencia estructural-cultural, muy vinculada a derivaciones indirectas de políticas económicas”, dice el científico.

“Por eso se plantea que el comportamiento humano no lo dictan las necesidades, sino los modos socialmente aceptados para satisfacerlas y en muchos entornos, el prejuicio racial y la violencia se vuelven consustanciales a esa realidad”, opina Naranjo.

“Su fuente principal es la posición que se ocupa en la vida y el grado de satisfacción perdurable con logros personales en el estudio, trabajo, oficio o profesión y la familia”, afirma el entrevistado.

El médico concluye que “con independencia de los cambios a que está abocada la humanidad de acuerdo con las más recientes vivencias, la violencia y el racismo se mantienen muchísimas veces ligados a prejuicios raciales”, conclusión por lo que el especialista afirma “es preciso luchar con todos los instrumentos a mano contra esas tendencias negativas”.

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