Otra más. ¿Hasta cuándo?

Irina Echarry

Martí y Aranguren en Regla. Foto: Miguel Sánchez

HAVANA TIMES – Es septiembre; con el inicio de las clases, las calles de Regla volvieron al ajetreo diario. Cerca del emboque la gente camina apurada, muchos recuerdan a Jennifer, “la muchacha que mataron”. Solo tenía 23 años y numerosos planes para el futuro. Justo el curso anterior -hacía apenas dos meses- había terminado la universidad, el padre que vive “fuera” vino a su graduación. Todo parecía ir de maravillas.

Cuando regresó a la casa luego de salir con el primo y su novia, Jennifer no sabía lo que le esperaba. El abuelo no vio nada raro en que el exnovio entrara o saliera del cuarto, fumando como de costumbre; hasta hacía poco el muchacho había sido parte de la vida familiar en la casa.

El poblado ultramarino se revolvió con la noticia. Era mediodía y habían quitado la luz, hacía un calor insoportable dentro de la casa, a la familia le extrañó que la niña no saliera del cuarto. Cuando lograron entrar a la habitación la encontraron asfixiada.

Esa historia no salió en la prensa oficial, tampoco la independiente le dio cabida; las autoridades no hablan de ella y los vecinos todavía están comentando lo que recuerdan de ese día, de esa familia, de esa muchacha.

Las especulaciones y rumores hacen que se corra de boca en boca, que se arme una película con muchas versiones. Así hemos sabido que para asfixiarla le pusieron pedazos de algodón dentro de la boca, que fue con cinto, que el novio no estaba conforme con la separación, que ella pensaba irse del país y él enloqueció, o que después del crimen el hombre se ahorcó.

Ese hecho, ocurrido el sábado 14 de julio, no es un caso aislado, a cada rato nos enteramos de alguno similar, pero como en Cuba no se publican no podemos contabilizarlos, analizarlos. 

En 2017 se rompió ese silencio oficial con respecto al tema, el periódico 5 de septiembre, de Cienfuegos, publicó sobre el asesinato de Leydi Maura Pacheco; luego cubrió el juicio e informó sobre las sentencias.

El mes pasado tocó el turno al semanario Escambray, de Sancti Spíritus, cuando publicó el asesinato de Yulismeidys María Loyola Fernández, ocurrido en la madrugada del 22 de agosto pasado en la periferia de la ciudad cabecera. Esa debe ser la práctica habitual. No se trata de sensacionalismos ni chismes de alcoba, se trata de hacer público un problema que va en aumento.

En la encuesta sobre igualdad de género, aplicada en 2016 a una muestra representativa de más de 19 000 mujeres y hombres de 15 a 74 años, repartidos en diversos territorios del país, el 81,4 por ciento de las mujeres entrevistadas admitió que existe violencia hacia su género.

Unas 9.971, dijeron haber vivido alguna manifestación de violencia en los últimos doce meses previos al momento de la entrevista, con predominio de la psicológica, pero también la física, sexual y económica. Mientras, el 39,6 por ciento de las entrevistadas aseguró haber sufrido algún tipo de violencia por parte de su pareja en “algún momento de su vida”, un dato que incluye a las que declararon haber vivido maltratos en el último año.

Y, asombrosamente, un 77,6 por ciento de los hombres encuestados y un 80,1 de las mujeres consideraron que la violencia hacia las mujeres se justificaba si ella había sido infiel o no cumplía con las tareas del hogar.

Esos resultados son preliminares, aunque se anunció que se publicarían los finales para el inicio de este año, en septiembre todavía no tenemos dónde consultar las cifras exactas.

Cuando se trata de asesinatos de mujeres por sus parejas o exparejas hombres, no estamos hablando solo de un delincuente o uno que “se volvió loco por amor”, sino de alguien que por machismo o misoginia se “reprende” con ellas.

Esos hombres, inmersos en relaciones de poder totalmente asimétricas, utilizan su fuerza para dominarlas, y su condición de privilegio social para denigrarlas, guiados por el convencimiento de que el cuerpo de la mujer les pertenece.

Generalmente, esa situación se sostiene por algún tiempo antes de llegar a la muerte. Por eso el feminicidio es solo una parte del problema, la más impactante, pero no nace de la nada, sino que tiene un muy buen sustrato en la ideología machista que trasmitimos de generación en generación a lo largo de nuestras vidas.

Para romper ese círculo vicioso en el que estamos y que no haya otras Jennifer en el país, es imprescindible reconocer el problema, aceptarlo y ponerlo sobre el tapete. No solo publicar cifras de víctimas y sanciones a los asesinos, sino debatir, aclarar conceptos, crear políticas públicas a favor de las potenciales víctimas, revisar a profundidad nuestras tradiciones para poco a poco eliminar del imaginario social las ideas de posesión del otro, de superioridad y de tolerancia a la violencia.

Nota: los datos de la encuesta fueron tomados de la agencia de noticias IPS  y el periódico 26.

Irina Echarry

Irina Echarry: Me gusta leer, ir al cine y estar con mis amigos. Muchas de las personas que amo han muerto o ya no están en Cuba. Desde aquí me esforzaré en transmitir mis pensamientos, ideas o preocupaciones para que me conozcan. Pudiera decir la edad, a veces sí es necesario para comprender ciertas cosas. Tengo más de treinta y cinco, creo que con eso basta. Aún no tengo hijos ni sobrinos, aunque hay días en que me transformo en una niña sin edad para ver la vida desde otro ángulo. Me ayuda a romper la monotonía y a sobrevivir en este mundo extraño.

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